Historias
| 03 Mayo 2011
Lo compré en 1997, mientras vivía en Buenos Aires, a un muchacho de San Fernando. Estaba bastante golpeado por la vida y pasé un par de años arreglándolo. A poco de sacarlo a la calle, tras su restauración, me llegó una oferta para trabajar en Chicago, pues soy ingeniero.
Acepté y ahí surgió la pregunta: ¿qué hacer con el auto? Como de todos modos iba a fletar un container con mis efectos personales, averigué cuánto era el adicional para mandar el Di Tella, lo que significó pasar al container grande, de 40 pies de largo en lugar de 20. El adicional por volumen de mercadería en sí es bajo: lo determinante es el costo fijo de fletar el container (en otras palabras, enviar un container vacío cuesta casi lo mismo que uno repleto). De modo que ahí salió el Di Tella.
¿Y qué hacemos con los papeles? El encargado de la mudanza, despachante argentino que resultó flor de chanta, aunque mis problemas se terminaron arreglando bien, me aconsejó enviarlo como un simple mueble usado, no como un vehículo, lo cual eliminó los gastos de exportación. Para eso hubo que darlo de baja en el Registro Automotor local. Al hacerlo tuve que entregar el título, y no pude dejar de preguntarme: ¿y ahora cómo pruebo que el auto es mío al llegar a los Estados Unidos?. Pero seguí el consejo y ahí salió el Di Tella a navegar por el océano.
Al abrir el container en Chicago... ¡oh, sorpresa! Las cuñas que sujetaban las ruedas estaban mal aseguradas y se soltaron, de modo que el pobre Siam se pasó el viaje a los golpes contra las paredes del container. Y de acuerdo con la Ley de Murphy, en uno de sus golpes le acertó a una cama de hierro, una de cuyas patas no tuvo mejor idea que caer justo en el capot, así que cada vez que el Siam se paseaba por el container, la pata agregaba un rayón sobre el capot. El dibujo final parecía el garabato de un nene de tres años. Resultado final: paragolpes abollados y el capot golpeado y rayado.
Pero eso no es problema porque el embarque estaba asegurado... ¿no? Bueno... a la hora de reclamar, la compañia de seguros que figuraba en mis papeles declaró que jamás había oído hablar de mi póliza. O sea que mi despachante practicaba el deporte de enviar embarques quedándose con la plata del seguro. Me pidió un par de días y... ¡voilá! Sacó de la galera una póliza en otra compañia que pagó los daños sin chistar. No me pregunten cómo pasó porque prefiero no enterarme. Lo que no pude evitar saber fue que un año más tarde cuando llamé por otro tema, mi "amigo" despachante había desaparecido con la plata de unos cuantos inocentes que pretendían mudarse al exterior. En fin...
Una vez arreglado el auto (no muy bien, por cierto) llegó la parte difícil: conseguir un título. En la delegación de la Secretary of State, que se encarga de estas cosas, miraron los papeles (traducidos por mí mismo) y declararon que sin un título original no podían ni considerar el asunto. Las explicaciones no dieron resultado: es evidente que casos así no les llegan todos los días. Además, el nivel medio del burócrata de ventanilla norteamericano es aún más bajo que el de nuestros ejemplares criollos (créase o no). Finalmente logré hablar por teléfono con una supervisora de mayor nivel en Springfield, capital del estado de Illinois (Chicago es la ciudad más grande pero no la capital) quien me pidió que le envíe los papeles por correo. Así lo hice, y... ¡milagro! Al mes y pico recibí el título del auto por correo.
No les quepa ninguna duda, acá la gente lo mira y mucho. Una pequeña minoría sabe de autos ingleses y lo identifica como un MG Magnette Mk III (con razón, ya que la versión argentina es casi idéntica a la inglesa). Algunos norteamericanos que saben algo de autos lo identifican con un Studebaker, lo que no es tan insólito ya que el Studebaker Lark de principios de la década de 1960 tiene una línea bastante similar, aunque es algo más largo. Otros creen que es un Rambler, porque los primeros autos de esta marca, allá por fines de los 50, tenían un vago parecido con el Di Tella.
Y nunca falta el audaz que dice: ¡Un Amphicar! El Amphicar fue un extraño aparato anfibio (auto y lancha a la vez) cuyo único parecido con el Di Tella son los guardabarros traseros con "colita". Por último, la gran mayoría se rinde y viene a preguntar: ¿qué auto es ése?". Por más detalles que les dé, la explicación los deja igual de desorientados que antes, dado que la mayoría nunca oyó hablar de Siam, ni de la British Motors Corporation, ni de Austin, y quizás ni siquiera de Argentina...
Le pedimos a su dueño que nos envíe fotos del automóvil junto a un ómnibus estadounidense. Juzgamos como de extrema curiosidad una imagen de un argentinísimo SIAM - Di Tella junto a un bus yankee. Poco después las recibimos y, como semejante cross over nos pareció tan poco común, decidimos hacer la nota y mostrar estas imágenes tan poco comunes, en donde la actualidad del transporte estadounidense se cruza con uno de los ejemplares más clásicos de la historia automotriz argentina.



